Venezuela: las oportunidades también comienzan por nosotros

Reflexiones a partir de la conferencia de Carlos Jiménez en el Startup Venezuela Summit 2026.

El pasado 23 de octubre tuve la oportunidad de escuchar a Carlos Jiménez hablar sobre las oportunidades de negocio que podrían surgir en una nueva etapa para Venezuela.

Salí de esa conferencia con una sensación de esperanza, pero también con muchas reflexiones. Porque si bien el futuro parece prometedor, eso no significa que las cosas vayan a cambiar por sí solas ni que debamos esperar a que las condiciones sean perfectas para comenzar a actuar.

Carlos fue bastante realista. No presentó un escenario maravilloso en el que todo estuviera resuelto. Por el contrario, habló de oportunidades, pero también de riesgos, barreras y desafíos que todavía debemos superar.

Y justamente eso fue lo que más valoré: reconocer las posibilidades sin perder de vista nuestra realidad.

Las oportunidades están donde las cosas no funcionan

Durante la conferencia, Carlos explicó cuatro grandes arenas de oportunidad: la demanda reprimida, la llegada de nuevos actores, la reconstrucción del país y las fricciones que aún no hemos logrado resolver.

Esta última fue la que más llamó mi atención.

Las fricciones son esas dificultades que enfrentamos al intentar satisfacer una necesidad: servicios deficientes, procesos complicados, costos excesivos o experiencias que generan frustración.

Y si hay un país donde abundan esas fricciones, es Venezuela.

Durante las últimas décadas hemos visto cómo se ha deteriorado nuestra calidad de vida. Un país reconocido por sus riquezas terminó enfrentando enormes dificultades para garantizar servicios tan esenciales como el agua, la electricidad, la alimentación y la salud.

Los venezolanos hemos tenido que aprender a resolver problemas cotidianos que nunca debieron convertirse en una lucha por sobrevivir.

No podemos ignorar el deterioro de la infraestructura, la falta de mantenimiento, la corrupción y el debilitamiento de las instituciones que han contribuido a esta situación.

Pero, desde la perspectiva del emprendimiento, también hay una realidad que vale la pena observar: detrás de muchos de esos problemas existen necesidades que todavía esperan soluciones.

Eso no significa celebrar las carencias como oportunidades de negocio, sino reconocer que podemos aportar valor al intentar resolverlas.

Las metodologías actuales de emprendimiento insisten precisamente en eso: antes de enamorarnos de una idea, debemos comprender qué problema estamos resolviendo, a quién afecta y si nuestra propuesta realmente puede mejorar su experiencia.

Una oportunidad no consiste solamente en identificar algo que hace falta. También debemos encontrar una manera viable y sostenible de hacerlo mejor.

No podemos quedarnos esperando

Mientras escuchaba las oportunidades que podrían abrirse para Venezuela, pensaba que existen otras fricciones que necesitamos resolver.

Y esas no siempre requieren grandes inversiones, tecnología o nuevos modelos de negocio. A veces comienzan con nuestras propias conductas.

Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a quejarnos de lo que no funciona y a esperar que alguien venga a solucionarlo. Esperamos que cambien las autoridades, que mejoren las condiciones económicas o que aparezca alguien capaz de transformar nuestra realidad.

Por supuesto que necesitamos cambios profundos en las instituciones y en la manera de gobernar. Necesitamos recuperar el Estado de derecho, contar con seguridad jurídica y construir un entorno que genere confianza para los ciudadanos y los inversionistas.

Pero esos cambios no nos eximen de nuestras responsabilidades individuales.

¿De qué sirve exigir orden si no respetamos las señales de tránsito? ¿Cómo aspiramos a una sociedad más justa si consideramos normal adelantarnos en una fila? ¿Por qué reclamamos comunidades limpias si no comenzamos por cuidar nuestros propios espacios?

Son ejemplos sencillos, pero reflejan algo más profundo: nuestra relación con las normas y el respeto hacia los demás.

No podemos esperar resultados diferentes si seguimos haciendo exactamente lo mismo.

Tampoco podemos depositar toda nuestra esperanza en la llegada de un salvador. Cada uno, desde su realidad y sus posibilidades, tiene algo que aportar.

La educación comienza con el ejemplo

Hay otro aspecto que considero fundamental para el futuro de Venezuela: la educación.

Y no me refiero únicamente a garantizar que nuestros niños y jóvenes asistan a la escuela y reciban una buena formación académica, aunque eso es indispensable.

Me refiero también a la educación en valores, principios, respeto y responsabilidad.

Los niños aprenden mucho de lo que observan en nosotros.

Pensemos en algo tan cotidiano como llevar a nuestros hijos al colegio. Si cada mañana observan que los adultos incumplen las normas para evitar una fila, ¿qué mensaje estamos transmitiendo? ¿Cómo podemos pedirles que respeten las reglas si nosotros mismos buscamos maneras de evadirlas?

Lo mismo ocurre cuando enseñamos a nuestros hijos que otras personas pueden pensar diferente. Respetar una opinión no significa estar de acuerdo con ella, pero sí reconocer que la convivencia exige diálogo y tolerancia.

Durante años hemos normalizado conductas que, bajo la idea de la viveza criolla, terminan premiando a quien consigue una ventaja sin importar cómo afecta a los demás.

Creo que necesitamos comenzar a cuestionar esa cultura.

Porque la corrupción no se combate solamente con leyes y sanciones, aunque ambas sean imprescindibles. También necesitamos formar ciudadanos que comprendan el valor de actuar correctamente, incluso cuando nadie los está observando.

Y esa formación comienza mucho antes de llegar a las aulas.

Construir el país que queremos

Venezuela tiene enormes desafíos por delante. La recuperación económica, la infraestructura, las instituciones y la confianza no se reconstruyen de un día para otro.

Tampoco sería justo pensar que los ciudadanos podemos resolver individualmente problemas que requieren políticas públicas, recursos y decisiones institucionales.

Pero sí podemos comenzar a cambiar nuestra manera de relacionarnos con esos problemas.

Desde el emprendimiento, identificando necesidades y desarrollando soluciones que mejoren la calidad de vida. Desde nuestras profesiones, aportando conocimiento, compromiso y responsabilidad. Desde nuestros hogares y comunidades, enseñando con el ejemplo y transformando conductas que hemos aprendido a tolerar.

A los venezolanos nos gusta decir que somos echaos pa’lante. Hemos demostrado una enorme capacidad para adaptarnos, trabajar y salir adelante incluso en circunstancias muy difíciles.

Me gustaría que esa misma determinación nos impulsara a construir una sociedad donde el respeto, la honestidad, la responsabilidad y la búsqueda de soluciones sean parte de nuestra vida cotidiana.

La conferencia de Carlos Jiménez me dejó pensando que Venezuela tiene muchas oportunidades por explorar. Pero también me recordó que no basta con identificar lo que hace falta: tenemos que estar dispuestos a trabajar para transformarlo.

El futuro de Venezuela no depende únicamente de las oportunidades que aparezcan, sino también de lo que decidamos hacer con ellas.

Y esa construcción necesita de todos: instituciones que cumplan con su responsabilidad y ciudadanos dispuestos a asumir la suya.

Porque el país que queremos no se construye solamente esperando que las cosas cambien. También comienza con lo que cada uno de nosotros decide hacer, desde hoy, para cambiarlas.

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