
Soy Comunicadora Social y, aunque pueda sonar irónico, siempre he tenido miedo de hablar en público. El miedo escénico, el temor a equivocarme o incluso a que alguien pudiera burlarse de mí me han acompañado prácticamente toda la vida. Lo curioso es que muchas veces, después de hablar frente a otras personas, me han felicitado por cómo lo hice. Desde afuera quizás no se notaba, pero por dentro la inseguridad era enorme.
Durante los últimos cinco años he estado muy vinculada a la formación y al mundo del emprendimiento. Primero desde la Fundación Aldana Gil, un proyecto social, y durante este último año desde un lugar completamente diferente: construyendo Freevia Market. Participar en programas y espacios de emprendimiento como Emprende Tech y Concurso Ideas me ha dejado aprendizajes sobre negocios, estrategia, producto y clientes, pero también me ha obligado a trabajar en algo mucho más personal. Me ha puesto una y otra vez frente a uno de mis mayores miedos: pararme delante de otras personas y hablar.
Cuando la voz tiembla, pero igual empiezas
Recuerdo la primera vez que tuve que presentar Freevia durante Emprende Tech. Estaba muy nerviosa; me temblaba la voz, sudaba y sentía el corazón acelerado. En mi cabeza estaba ese miedo tan conocido de equivocarme, olvidar algo o simplemente no hacerlo bien. Sin embargo, una vez que comencé a hablar, poco a poco las cosas empezaron a fluir. Si tengo que describir aquella primera experiencia, diría que fue mucho más estresante que placentera, pero también fue el comienzo de un proceso que terminaría cambiando mi relación con los pitches y, en cierta forma, conmigo misma.
Hasta entonces entendía un pitch principalmente como un discurso de venta. Después de tantas prácticas, presentaciones, correcciones y conversaciones con profesores y otros emprendedores, mi percepción cambió. Hoy creo que un pitch es mucho más que vender una idea: es lograr que, en pocos minutos —y algunas veces en pocos segundos—, otra persona entienda por qué aquello que estás construyendo importa. Es despertar suficiente curiosidad para que quiera saber más, hacerte una pregunta, recordar tu proyecto o incluso encontrar una manera de involucrarse y ayudarte.
Parece sencillo hasta que alguien te dice que tienes tres, cinco o siete minutos para explicar algo en lo que has invertido meses o años de trabajo. Cuando conoces profundamente tu proyecto quieres contarlo todo: el problema, la solución, cómo funciona, por qué nació, para quién lo estás construyendo, lo que has descubierto, lo que te diferencia y todo lo que imaginas que puede llegar a ser. Entonces miras el cronómetro y entiendes que no puedes decirlo todo. Una de las primeras cosas que aprendí fue precisamente esa: hacer un buen pitch también significa saber qué dejar por fuera.
Conocer tu proyecto no significa que no tengas que prepararte
Durante mucho tiempo pensé también que memorizar era una manera de sentirme más segura, pero aprendí que para mí no funciona así. Cuando dependes de recordar cada palabra y te equivocas en una frase, puedes perder el hilo, ponerte aún más nerviosa y desperdiciar segundos que en un pitch son valiosísimos. Poco a poco fui entendiendo que tenía que confiar en lo que sabía. Después de todo, no hay nadie que conozca mi emprendimiento mejor que yo. Pero también descubrí algo igual de importante: confiar en tu conocimiento no significa improvisar.
Lo aprendí de la manera más evidente durante una de las prácticas de Emprende Tech. Me había anotado para hacer el pitch, pero esa semana prácticamente no había abierto el proyecto. Las láminas ya no coincidían con algunas de las cosas que estaba trabajando, no tenía claro qué quería decir y llegué a presentar sabiendo, en el fondo, que no estaba preparada. Cuando terminé, los comentarios llegaron: me faltaron cosas importantes, algunas ideas no habían quedado claras y había mucho por mejorar.
No puedo decir que me sorprendiera. Yo sabía que esas críticas iban a aparecer porque también sabía cómo me había preparado, o mejor dicho, cómo no me había preparado. Sin embargo, aquella experiencia terminó siendo una de las más útiles. Me enseñó que puedes conocer muy bien tu proyecto, pero necesitas practicar para ordenar ese conocimiento y ser capaz de transmitirlo cuando llega el momento. También me enseñó que escuchar las críticas, aunque a veces incomoden, puede hacerte crecer muchísimo si decides aprovecharlas en lugar de tomarlas como un ataque.
Desde entonces hubo una palabra que empezó a repetirse constantemente en el proceso: practicar. Practicar cuando sale bien, practicar cuando sale mal y practicar incluso cuando ya crees que lo tienes dominado.
Todo lo que ocurre antes de subir al escenario
Para el último Demo Day de Emprende Tech pasé prácticamente una semana preparando mi presentación. Cambié láminas, eliminé información, resumí ideas, volví a incluir otras y practiqué una y otra vez. Hasta el último día continuamos revisando nuestros pitches entre compañeros. Los profesores nos señalaban aquello que faltaba, lo que sobraba, las ideas que no se entendían o las partes en las que podíamos comunicar mejor. Los compañeros también se convirtieron en una pieza fundamental, porque mientras cada uno aprendía a contar su proyecto, todos terminábamos aprendiendo de los demás.
Creo que esa es una parte de un pitch que pocas veces se ve. El público observa los cinco o siete minutos finales sobre el escenario, pero detrás de ellos pueden existir días de dudas, cambios, ensayos, equivocaciones y correcciones. Cuando finalmente llegó el Demo Day, todo ese trabajo hizo su efecto y la presentación fluyó. Los comentarios fueron positivos y uno de los jurados, que además forma parte de otro programa de emprendimiento, me dijo algo que se quedó conmigo: le había gustado mucho la pasión con la que hablaba sobre un problema que, además, yo también vivo.
Ese comentario me hizo pensar que quizá una buena presentación no se trata solamente de encontrar las palabras correctas. Hay una diferencia cuando estás hablando de algo en lo que realmente crees, algo que conoces y que de alguna manera también forma parte de tu propia historia. Puedes practicar la estructura, trabajar las láminas y mejorar la forma de comunicar, pero la pasión no se memoriza.
Y una semana después solo tenía 45 segundos
Una semana después del Demo Day asistí al Caracas Tech Meetup de septiembre de 2026. Nunca había estado en un evento como ese. Había alrededor de cien personas entre emprendedores, inversionistas, periodistas y personas vinculadas al ecosistema tecnológico. En un momento explicaron una dinámica que parecía bastante sencilla: quien quisiera presentar su emprendimiento debía levantar la mano. El detalle era que solo tendría 45 segundos para hacerlo.
La semana anterior había tenido siete minutos. Ahora tenía menos de uno.
Y el miedo apareció otra vez.
Los nervios estaban ahí, como siempre. No ocurrió eso que a veces contamos después de una experiencia de crecimiento, cuando parece que mágicamente dejamos atrás aquello que nos asustaba. Yo seguía teniendo miedo. La diferencia era que esta vez había algo más que también estaba presente: la decisión de hacerlo.
Pensé: “Ya sabes cómo hacer esto”. Y enseguida apareció otra idea que durante este último año he tenido que repetirme varias veces: “Tienes que exponerte a estas situaciones. Decídete y actúa”.
Entonces levanté la mano.
45 segundos para presentar Freevia. El miedo seguía ahí. La decisión también.
Recuerdo comenzar a hablar y sentir el silencio de la audiencia. También recuerdo ver correr los segundos e intentar mantener el hilo, explicar la esencia de Freevia y no trabarme. Fueron apenas 45 segundos, pero cuando terminaron sentí que para mí significaban muchísimo más.
En esos segundos estaban aquella primera presentación en la que me temblaba la voz, la práctica para la que no me preparé, las críticas, las correcciones, las horas cambiando láminas, las conversaciones con profesores y compañeros y todas las veces en las que tuve que intentarlo nuevamente. Mi primo, que además es mi socio y uno de mis mentores, me felicitó emocionado cuando terminé. Pero creo que para mí el verdadero logro había ocurrido antes de comenzar a hablar.
El verdadero logro fue haber levantado la mano.
El miedo sigue ahí
Después de un año haciendo pitches no puedo decir que dejé de tener miedo de hablar en público. No sería verdad. Los nervios siguen apareciendo y probablemente estarán presentes la próxima vez que tenga que subir a un escenario. Lo que sí cambió fue mi forma de relacionarme con ellos. Hoy tengo más confianza en lo que sé, en el trabajo que hemos hecho y en que nadie conoce Freevia como nosotros. También entendí que no necesito esperar a sentirme completamente segura para actuar.
Si la Karla de hace un año pudiera verme en ese video, levantando la mano y presentando Freevia frente a un auditorio en 45 segundos, creo que me diría: “Cómo has crecido”. Y creo que tendría razón. Todavía queda muchísimo por aprender, pero cuando miro hacia atrás puedo reconocer que algo cambió.
Quizás ese sea uno de los aprendizajes más importantes que me han dejado los programas de emprendimiento durante este último año. Claro que he aprendido sobre negocios, modelos, clientes, propuestas de valor y muchas otras herramientas necesarias para construir un proyecto. Pero también he aprendido sobre mí: sobre prepararme incluso cuando creo que ya sé lo suficiente, sobre escuchar críticas sin dejar que me paralicen, sobre practicar hasta que las ideas comiencen a sentirse propias y sobre tomar decisiones incluso cuando todavía tengo miedo.
Siempre escuchamos que la práctica hace al maestro. Después de este año creo que es verdad, pero agregaría algo más: practicar te prepara, las críticas te hacen crecer y la decisión es la que finalmente te mueve.
El miedo no tiene que desaparecer para que puedas avanzar.
A veces sigue ahí, exactamente en el mismo lugar.
Solo que un día decides levantar la mano de todos modos.
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